viernes, 30 de noviembre de 2007

Algunas veces vuelo y otras veces... me arrastro demasiado a ras del suelo.

... Algunas madrugadas me desvelo
y ando, como un gato en celo,
patrullando la ciudad,
en busca de una gatita
en esa hora maldita
en que los bares
a punto están de cerrar.


¿Por qué el murciélago?

La oscuridad y los seres nocturnos -como la vida misma (lo saben ustedes)- nos producen miedo... pero nos atraen. El murciélago -aunque suene a libreto de segunda- es un símbolo bastante apropiado para lo anterior; sobre todo cuando lo relacionamos con personalidades impactantes, como la de Drácula, por ejemplo.

Un personaje alternativo es Batman, quien ha pasado por varias etapas en cuanto al contenido de sus argumentos y por lo cual no posee el mismo reconocimiento que la creación de Bram Stocker. Sin embargo, quien se haya detenido a revisar las historias del Hombre Murciélago sabrá lo que hay mucho más allá de la serie de los años sesenta, las viejas caricaturas y dos o tres películas mal hechas. Batman es, pues, una gran personalidad; herencia -hay que decirlo, por supuesto- de Drácula y otras creaciones.



Y qué decir de sus personajes de apoyo. Me remito únicamente a dos ejemplos: Joker, el sádico guasón y la sensual Gatúbela (Catwoman). Me reservo los comentarios para que haya tela de donde cortar en el momento en que firmen este blog.



Debo agradecer al Betty-to que me haya enfatizado que buscar el nombre de mi espacio era muy importante y debía ser algo con lo que me identificara. Así, pues, vamos de lleno relacionando al murciélago con otro ente nocturno y oscuro llamado Joaquín Sabina, y con él las buenas canciones, ya que -recordémoslo- este ser alado es sonoro (paradójicamente a la guía por radar de los verdaderos murciélagos) y amante de las letras geniales, lo que, a su vez, nos lleva a Comala como lugar simbólico de la literatura mexicana. ¿A quién no le tembló la sangre al caminar, guiado por la pluma de Rulfo, por las oscuras y desoladas calles de Comala, de noche o de madrugada?

El murciélago sonoletrado de Comala, por tanto, soy yo y lo que me ha hecho ser yo; también son ustedes, que leen y aprecian lo que escribo.
Tlasokamate.
Nota para Jaime: Ahí están las fotos de chicas que le hacían falta a mi blog.

viernes, 16 de noviembre de 2007

La mejor definición de un amor fugaz.

Un suspiro, un latido o un parpadeo... Una sonrisa, una llovizna o una palabra entrecortada...

Como sea, siempre ha habido quien busca definir ese amor, dado o recibido, que pasa por nuestra vida a la velocidad de la luz. No quiero extenderme, sólo mostrar tres ejemplos, lírico-musicales, de definiciones de amores fugaces.

También invito a quienes visitan este blog a que enriquezcan, con definiciones de cantautores o poetas, ésta que empieza siendo una pequeña lista. Pero ¿cuál es la mejor definición que hemos escuchado o leido de un amor fugaz?


Las hogueras a primera vista,
cuché de revista,
se apagan bien pronto.
Joaquín Sabina, No permita la Virgen (Dímelo en la calle, 2003).

Primavera de un amor,
amarillo y frugal como el sol
del veranillo de San Martín.
Joaquín Sabina, Peces de ciudad (Dímelo en la calle, 2003).
No, no hay manera
de regresar la cinta.
Tu amor fue un rock en vivo;
dos... tres manchas de tinta;
un requinto de jazz,
fugaz, improvisado;
una imagen en el aire
de un pintor
apresurado.
Rodrigo González, Rock en vivo (Hurbanistorias, 1984).

lunes, 12 de noviembre de 2007

Comamacolando, de Comala a Macondo


Encontré en la red el artículo que leerán a continuación. Me parece que hará bien leerlo con detenimiento, además de paciencia, pues algo bueno obtendremos de él.

Por supuesto, no puedo dejar de recomendar la lectura de "Pedro Páramo" y "Cien años de Soledad", quizá -para mí- las mejores novelas latinoamericanas que se han escrito. Y ya. No les quito más tiempo.






INFLUJOS, APARICIONES Y PRESENCIAS DE COMALA A MACONDO
Autor Patricio Eufraccio. 22 de agosto de 2006.

1 - Gabriel García Márquez

En una entrevista concedida en 1989, Gabriel García Márquez afirmó no estar seguro que en su obra hubiera influjo de Juan Rulfo: "buena parte de mi trabajo lo escribí antes de haberlo leído" (1). Adelante, en el mismo texto, dice: "(En mí) no hay influencia de Rulfo porque he tratado conscientemente de defenderme de ella, aunque hay, desde luego, una coincidencia en el medio" (2). Esta categórica afirmación merece considerarse. Más, viniendo de un escritor de la talla de García Márquez. Sin embargo, al enfrentar los textos de uno y otro autor, persiste la rasquiña: ¿en verdad no hay influjo?. Yo creo que sí. Encuentro, entre Pedro Páramo (3) y Cien años de soledad (4), algo más que "coincidencias en el medio", como quiere Gabriel García Márquez. Resulta oportuno aclarar que no me queda claro qué quiere decir García Márquez con "coincidencia en el medio"; no obstante, lo interpreto como una similitud social, geográfica y anímica existente entre los latinoamericanos. Sin duda, con esta frase el autor logró eludir, en forma retórica (y por lo visto a satisfacción del entrevistador ya que la transcribió), la pregunta sobre el influjo en su obra del trabajo literario de Juan Rulfo.

Desde luego, pensar a García Márquez como continuación de Rulfo es descabellado, pero aseverar que éste no está en aquél, es torcer demasiado la vista. ¿Se habría dicho lo mismo de ser anterior Cien años de soledad a Pedro Páramo? Al final, no encuentro pecado en los influjos. Un sublime ejemplo lo tenemos en San Juan de la Cruz: ¿habría existido el "Cántico espiritual" sin el "Cantar de los Cantares"? Difícilmente. ¿Y quién se atrevería a condenar a San Juan de la Cruz por ello? En fin, con aceptación o sin ella, los ecos de Pedro Páramo resuenan en Cien años de soledad, como una feliz coincidencia, sí, pero, también, como apariciones y presencias fluyendo de Comala a Macondo.

Destaco cuatro semejanzas primordiales: 1) el cerrarse al tiempo, 2) sus mujeres, 3) el rencor y la soledad, y 4) sus apariciones y presencias.


2 - Pueblos cerrados al tiempo: agonía y desaparición

Tanto Comala como Macondo son pueblos cerrados al tiempo, negados a trascender más allá del tiempo de las novelas. Esta negación de trascendencia se provoca al romperse alguno de los órdenes naturales: el biológico en Cien años de soledad y el temporal en Pedro Páramo. La afrenta que propició esa ruptura del orden, demanda el sacrificio de los pueblos.

Mientras se cumple el desenlace que ha de derrumbar a los pueblos evitando su trascendencia, Comala y Macondo están cerrados geográfica y socialmente (5) en forma relativa, obedeciendo a una dinámica de nacimiento, desarrollo y decadencia como pueblos. Es verdad que sólo en algún momento son pueblos marginados geográfica y socialmente, pero, a la trascendencia temporal, siempre permanecen al margen. Este último aspecto, el cerrarse en y al tiempo, es su distinción de aquellos que solamente lo están geográfica y socialmente y constituye una de las semejanzas primordiales entre ambas novelas; feliz "coincidencia en el medio" si atendemos lo dicho por García Márquez.

Por supuesto que no son los únicos pueblos cerrados de la literatura. Están el Pueblo de mujeres enlutadas de Al filo del agua (6) y Vetusta de La regenta (7). Éstos también son pueblos cerrados, como Macondo y Comala, pero de otra forma; más bien, en una única forma: la geográfica-social. Tanto el Pueblo de mujeres enlutadas como Vetusta no tienen un inicio, madurez-clímax y desaparición como pueblos en las novelas. Comala y Macondo, sí.

Vetusta y el Pueblo de mujeres enlutadas son anteriores y posteriores a la historia de la novela. En cambio, Comala y Macondo nacen, viven y mueren, más bien, desaparecen junto con sus personajes-habitantes al finalizar la novela. Más Macondo que Comala, pues éste trasciende a sus habitantes (y en sus habitantes) en un espacio y tiempo indefinidos, pero, como pueblo real, Comala desaparece cuando Pedro Páramo así lo decide. Lo que persiste es otro Comala; el ánima en pena del pueblo original, pero no el pueblo en sí.

Vetusta y el Pueblo de mujeres enlutadas persisten en la historicidad real de la novela y la trascienden. No se terminan con el desenlace de la historia. En ellos hay un antes y un después. Bien podría escribírseles una continuación o un preámbulo. No ocurre así con Comala y Macondo que desaparecen cuando la historia finaliza. Como dije, en Comala lo que trasciende es el ánima en pena del pueblo y no el pueblo. En Macondo, ni eso.

Esta característica narrativa provoca que el drama, la historia, no sólo sea vivida por los habitantes-personajes, sino que se extiende al pueblo mismo transformándolo en personaje. Comala y Macondo son unos personajes más en sus novelas y, al igual que Pedro Páramo y Aureliano Buendía, tienen vida dramática. Ésta es la vida que, al final, ha de desaparecer.

En cambio, Vetusta y el Pueblo de mujeres enlutadas, no son pueblos-personajes sino tan sólo la escenografía donde ha de desarrollarse la historia. Macondo y Comala se desenvuelven ante la fatalidad de vivir el destino que se ha de cumplir: su desaparición. Vetusta y el Pueblo de mujeres enlutadas tan sólo presencian y no viven el fatal cumplimiento del destino en sus habitantes.

En Macondo, la desaparición se anuncia desde el primer momento. Resulta clara en la angustia, la agónica espera del nacimiento de un ser esperpéntico, no humano: un niño con cola de cochino; un cochino con cuerpo de niño. Un ser que, al provocar la ruptura del orden (biológico en este caso pero de antecedente moral (8)), derrumba la realidad desapareciéndola. En Macondo, el destino de la desaparición se cumple como producto de la relación incestuosa de los Buendía; profusamente presentida y condenada a lo largo de la novela.

En Comala, la desaparición se cumple cuando el orden temporal es roto por la decisión soberbia de Pedro Páramo de cobrarse en el pueblo la afrenta, divina acaso, del desamor de Susana San Juan (9). Esa agonía amorosa que sufre Pedro Páramo por la muerte de su amada y que desembocará en la ruptura del orden temporal. Con su decisión, Páramo condena al pueblo a la desaparición. Desaparición que se resuelve en una transmutación. Transmutación de la que no participa Pedro Páramo. El gran desaparecido de Comala es Pedro Páramo, la vena vital del pueblo. Por la decisión de Páramo desaparece su Comala, dando pie a la existencia de otro Comala, el de los muertos que sólo aparecen al conjuro de la presencia de Juan Preciado.

Comala es Pedro Páramo, como Macondo es los Buendía. Desaparecidos ellos, Páramo y Buendía, desaparecen los pueblos.

Antes de desaparecer, Comala y Macondo viven su agonía. Más aún, desaparecer es su agonía. Realmente, esto es lo que nos narran las novelas.

En Vetusta y el Pueblo de mujeres enlutadas, no hay agonía de los pueblos. Ésta la sufren los personajes. En Comala y Macondo, el pueblo-personaje vive una larga agonía. Es una agonía individual y colectiva de sus personajes —hombres, mujeres y pueblo— que se resuelve en distintos niveles de presencia y ausencia mortal. En Macondo, la agonía tiene un desenlace de nivel terrenal producto de una sentencia divina: nace un niño con cola de cerdo; esperpento procreado por la corrupción de la sangre de los Buendía. En Comala, el desenlace se da en el nivel de lo divino producto de una acción terrenal: al fallecer Susana San Juan Pedro Páramo decide sentarse a ver al pueblo derruirse. Así, lo condena a la desaparición con su inacción soberbia; soberbia de decidir sobre la vida, como si fuera Dios.

Divinidad y terrenalidad fusionadas en ambas desapariciones.

Durante su agonía, tanto en Comala como en Macondo, a los habitantes sólo les queda la resignación. Resignación, de los de Comala, ante la intemporalidad del purgatorio; resignación, de los de Macondo, ante el inevitable agotamiento temporal. Intemporalidades ambas. Intemporalidad, la de Comala, por la desaparición del tiempo lineal y nacimiento del no tiempo que es todo purgatorio. Intemporalidad, la de Macondo, por la imposibilidad de continuar en un tiempo que han agotado, dilapidado los Buendía y que se derrumba al cumplirse el presagio del nacimiento esperpéntico.

Si cerrarse al tiempo es cerrarse a la vida y, por ende, a la muerte, ¿qué camino queda les queda, entonces, a los pueblos? La desaparición. Comala y Macondo, desaparecen; pero, en distinto modo. En el primero, la desaparición inicia un penar: el del otro Comala y sus culpas; mientras que, en el segundo, la desaparición termina un penar, el de los Buendía y sus culpas.

En Comala, la desaparición se da al cesar la linealidad del tiempo. Macondo, por su parte, también desaparece al cesar la linealidad de su tiempo. En Comala, la linealidad del tiempo es clara, si bien se presenta como una fragmentación; no obstante, esta fragmentación cuenta una continuidad del tiempo de Pedro Páramo y, por ende, del propio Comala. En Macondo, la linealidad temporal es más nítida, pero se halla encubierta, embozada, por el recurso de la repetición de nombres que semejan una circularidad. En realidad, no hay tal circularidad sino, más bien, una linealidad complementaria que se vive en varios hombres que forman un solo nombre.

La desaparición de los pueblos presenta un enigma doble para el lector: ¿realmente desaparecen?, ¿realmente existieron? Enigma, por lo demás, que no se resuelve completamente. El enigma en Pedro Páramo se haya en la creciente certeza de Juan Preciado de que ha llegado a Comala para morir. No sabe que esta muerte es en realidad una desaparición y, más bien, una transmutación que lo obligará a continuar vivo en la dimensión de los muertos. A tal grado es sutil esta transmutación que nunca sabemos por qué muere. Conocemos el momento, no la razón. Muere porque, morir, en efecto, es el único camino para transmutar y desaparecer. Transmutar y desaparecer desde la vida a través la muerte. Pero ¿por qué debe transmutar, desaparecer Juan Preciado y con él el último vínculo de Comala con la vida terrenal? Quizá porque mientras existiera un puente entre lo vivo y lo muerto, Comala no podría desaparecer completamente. ¿Se debe a ello que la novela parece terminar en este momento y que las páginas restantes se antojan como un recuento histórico de Pedro Páramo y su época?

Por su parte, este enigma doble tiene más fuerza en Macondo. ¿Desapareció? ¿Existió? Esta sensación enigmática de mayor envergadura se logra porque la vida en Macondo es real y lineal en sus personajes. Como apunté líneas arriba, la aparente circularidad temporal de Macondo se logra en las repeticiones de los nombres. Esta circularidad es aparente, pues, en realidad, nada de un nombre-personaje anterior regresa en algún nombre-personaje subsecuente, a no ser ciertos rasgos físicos y del carácter que no pueden ser atribuidos a una circularidad temporal sino, más bien, a una continuación del carácter del personaje: Aurelianos, Josés, Arcadios, etc. En realidad, cada uno de ellos por separado vive una parte de la historia total de un nombre. En la suma de los Aurelianos y los Arcadios aprehendemos al personaje total que encierra cada uno de los nombres. Sin embargo, cada uno de los Aurelianos y Arcadios tiene su propio momento en la novela que sumarán a los otros momentos de los que, junto a él, conforman el todo del personaje. Esta peculiaridad provoca que el enigma cobre fuerza. ¿Cuál de los Aurelianos es Aureliano? Todos en conjunto y ninguno en lo individual. El enigma de la existencia de Macondo no se resuelve en sus hombres. Quizá en sus mujeres es donde podría resolverse, sobre todo cuando la novela va en ascenso y ellas adquieren toda su presencia y fuerza narrativa. Sin embargo, en el momento en que desaparecen, nuevamente se instala el enigma. La desaparición de las mujeres cubre toda la gama posible de desapariciones: la elevación de Remedios la bella, el consumirse de Úrsula y Rebeca y el abandonar el pueblo de Santa Sofía de la Piedad. Como los hombres, las mujeres Buendía se consumen y desaparecen. Al unísono de ellas y ellos, desaparece Macondo dejándonos la sensación de irrealidad de su existencia.


3 - Las mujeres: inicio, fin y poder

Tanto en Comala como en Macondo, las mujeres son inicio y fin de los hombres. Amor y desamor extremos que alivian y provocan sentimientos y sexualidades. Las mujeres en estas novelas son sexo, regazo, refugio, ilusión, aparición, presencia y destino. También son poder. Sobre todo, esto. Ejercicio, sustento y manifestación de poder. Son la hembra que doma al macho, la madre que manda al hijo, la mujer que doblega al hombre. Último poder y, por ello, absoluto sobre la vida y los hombres de los pueblos. Con ellas inicia y termina la vida en los pueblos; en ellas, también, se da la desaparición. Comala se sustenta en el amor de Pedro Páramo a Susana San Juan. Macondo, en el amor de las Buendía a sus hombres. En Comala, todas las mujeres crean a Pedro Páramo. En Macondo, todas las mujeres crean a los Buendía. Sin ellas, no existiría el andamiaje de los pueblos.

En ambos pueblos las mujeres son derroche de sexo y amor. En Comala, todas ellas propician el derroche viril de Pedro Páramo. Todos sus habitantes, hombres y mujeres, encuentran su referente existencial en la sexualidad de Páramo; unas, como amantes; otras, como esposas y los frutos, como hijas e hijos del gran señor y poblador de Comala. En Macondo, el derroche viril es mayor, alcanzando límites fantásticos: el coronel Aureliano Buendía preña a cuanta mujer es introducida en su cama a lo largo de los 32 levantamientos armados que promovió; el vientre insaciable de Rebeca apacigua, entre aullidos placenteros, al "magnífico animal" de José Arcadio; la jovencita "mulata de teticas de perra" será vendida por su abuela a ¡70 hombres todas las noches por los próximos diez años! hasta completar el costo de su deuda, y, finalmente, el solo aroma del sexo de Petra Cotes provoca la desmedida proliferación de los animales.

Las mujeres en Comala y Macondo, son poder activo. Poder en su sexo y en su amor. Poder, tanto en el sexo concedido como en el negado; en el amor concedido como en el negado.

En ambas novelas negar u ofrecer sexualidad provoca terremotos. Damiana, al negarse una noche a franquearle a Pedro Páramo el paso a su cama, transforma el poder de esa negación en respeto. La delirante belleza de Remedios la bella provoca más de un muerto en Macondo evidenciando, así, su poder sobre la muerte. Por su parte, la desbordada sexualidad de Petra Cotes mantiene a Aureliano Segundo en un peregrinar entre el matrimonio y el concubinato.

El amor negado no causa menos estragos. En Comala, el negado amor de Susana San Juan a Pedro Páramo provoca la destrucción del pueblo. Derrumbe total de una historia y una realidad por un desamor. En Macondo, la negativa amorosa de Amaranta, no sólo a Pietro sino también a Gerineldo, provoca el suicidio de uno y el languidecer del otro; en su momento, el desamor de Rebeca a Pietro da pie a la melancolía de éste. Y no hay que olvidar, que el desamor de Remedios la bella acarrea muertes y sinsabores a todo el pueblo.

Sexo, amor y desamor son poderes femeninos en ambas novelas.

Un amor que se presenta en todas sus manifestaciones y perversidades, es el de madre a hijo. Circunstancia que destaca el papel principal de las mujeres en ambos pueblos: la mujer madre es uno de los grandes pilares de las novelas. En Comala, la madre de Juan Preciado provoca el viaje de éste hacia la muerte. Un viaje motivado por el rencor de mujer que busca vengarse de Pedro Páramo a través de su ascendente de madre en Juan Preciado. Por su parte, Eduviges pudo haber sido la madre de Juan Preciado y esa posibilidad la impulsa a protegerlo desde la muerte. También hay protección materna en la incestuosa hermana de Donis, que en su regazo y cama le brinda a Juan Preciado, por una noche, el espacio donde descansar de sus angustias y tribulaciones.

En Macondo, Úrsula es la gran madre; Amaranta, la madre sustituta; Pilar, la madre alcahueta; Remedios Moscote, la madre sacrificada; Petra Cotes, la madre desbordada; Fernanda, la madre impositiva. Cada una de ellas representa una versión del poder maternal. Un amor que no ve recompensado sus esfuerzos de madre en el éxito de sus hijos, puesto que ninguna halla satisfacción en sus hijos; más bien, los hijos no les proporcionan las satisfacciones que una madre podría esperar. Unos, porque son hijos productores de perennes angustias y dolores de cabeza, como el coronel Aureliano Buendía; otros, porque llevan sus dudas y rencores hasta el absurdo como Amaranta; o porque mueren muy jóvenes como la primera Remedios. En Macondo no hay hijas o hijos exitosos. Ninguno logra realizar sus propósitos. El coronel no gana ninguno de los levantamientos que emprende. Amaranta no se casa. Aureliano Segundo termina pobre, y el último José Arcadio no logra ser Papa.

En Comala tampoco hay hijos exitosos. Miguel Páramo muere y ni siquiera alcanza la forma de aparecido; el aparecido es su caballo. Abundio no pasa de su condición de arriero. Y, por supuesto, Juan Preciado no logra su objetivo inicial de encontrar a su padre y "cobrarle caro" su abandono y desdén. Nadie consigue el éxito en Comala. Ni Pedro Páramo, pues muere sin ser amado por Susana San Juan.

La madre también se presenta en las novelas como la contraparte que nos permite ver la silueta del padre; esa ausencia presente.

En Comala, este contraste es llevado al extremo en la historia protagonizada por Juan Preciado. No obstante que Pedro Páramo jamás aparece en esta parte de la historia, está presente a cada momento en boca de las mujeres-madre que lo miran como alguien al que no sólo se le ama como hombre, sino también como hijo. A Pedro Páramo, sus mujeres, cual si fuera un hijo adorado, le permiten y festejan todo. Por supuesto, Páramo también está, ausente-presente, en la orden cargada de rencor que a Juan Preciado da su madre y que es el motivo de su viaje. En esta primera escena de la novela, la presencia del hombre-hijo adquiere toda su crudeza cuando Dolores ve a Juan como continuación de Pedro Páramo y, por ende, el único capaz de cobrarle "caro" la afrenta de desdén y olvido que le infligió. Con ello, Dolores da vida a esa dualidad desconcertante que sufre una mujer que, odiando a un hombre, ama al hijo de éste, a pesar (y quizá por ello también), de mirar en él la reencarnación del hombre odiado.

La fuerte presencia de la mujer-madre nos permite ver, en su contraste, al padre. En el caso de Comala vemos, en la sola figura de Pedro Páramo, al padre total. Páramo, como padre de Miguel, que tolerante y orgulloso ante el desafío que le plantea el sacerdote, decide reconocer al chiquillo (cosa que no había hecho por ningún otro) y educarlo, prepotente y abusivo, como él mismo. Páramo, como padre de Juan Preciado que, al relegar a Dolores, engendra el odio femenino que algún día será transmitido al propio Juan. Páramo, como padre del arriero que, sin emoción, ni rencor, ni amor, más bien con fastidio, da a conocer a Juan Preciado que él (como todos en Comala), también es hijo de Pedro Páramo. Estos tres aspectos de un padre ausente —en diferentes formas de ausencia— nos permiten, por un lado, conocer a Páramo y, por el otro, entrever, en los hijos, a las madres.

En Macondo, las madres son el pilar donde se sostienen los padres Buendía. Los Buendía padres, son también una presencia ausente. Los ejemplos notables de ello los constituyen, el primer José Arcadio y el coronel Aureliano Buendía. En cuanto al primero, su presencia es "tan ausente" que pasa años amarrado a un árbol sin que nadie repare en él y, aún muerto, continúa ahí, sólo visto por Úrsula. Y es Úrsula, precisamente, quién nos proporciona el claroscuro con el cual vemos a ese primer José Arcadio.

En las madres de los hijos del coronel, primero en la malograda Remedios Moscote y después en las madres de las mujeres que son metidas en su cama, vemos al coronel Buendía y, más aún, la razón de vivir que lo impulsa: la guerra. El coronel Buendía es la guerra; una parte de ella: el perdedor, y las mujeres en su cama, así como las madres de éstas que las llevan a su lecho, nos muestran una cara de las guerras: la paternidad irresponsable. Sin el deseo de aquellas madres por llevar al lecho del coronel a sus hijas, Aureliano Buendía no habría tenido descendencia. Su paternidad, al fin, depende de las madres aquellas; es decir, del poder y decisión de las mujeres.


4 - El rencor y la soledad.

Si algún momento hubo amor en ellos, Comala y Macondo terminan siendo rencor y soledad. El rencor como camino hacia la soledad. La bonanza efímera en ambos pueblos que produce las explosiones de alegría y asombro, poco a poco se desvanece dando pie a sentimientos como la indiferencia, el hastío y el odio. No obstante, lo que predomina en ambos es el rencor y la soledad. Es como si los sentimientos positivos se fueran desdibujando con los años hasta hacerlos indistinguibles entre las telarañas y el polvo, quedando tan sólo de ellos una sensación de vacío; ecos de un recuerdo que, al vaciarse, deja un hueco que se siente sin saber qué lo originó.

En Comala, el rencor no le alcanza al arriero ni para proporcionarle emoción al confesarse hijo de Pedro Páramo. Su soledad ha terminado por deslavar el rencor hasta estadios irreconocibles. En Juan Preciado, el rencor es prestado; le viene de su madre. No así la soledad. Ésta la adquiere y, quizá más bien, la ahonda desde el primer paso que da rumbo a Comala. En Juan, el rencor de su madre es el camino a su propia soledad. No podría decir si Juan tiene su propio rencor. Encuentro algo de ello en la primera frase de la novela: "Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo" (10). Sin embargo, su rencor se desvanece hasta quedar únicamente su soledad de muerto que ignora que lo está. Por supuesto, el rencor más hondo se encuentra en el propio Pedro Páramo. No acepta el rechazo de Susana San Juan y, en su rencorosa soledad, condena al pueblo al derrumbe y, a los muertos, a una soledad perenne. Soledad manifiesta en el hecho de que, salvo los hermanos incestuosos, todos los muertos saben de los otros muertos únicamente cuando acompañan la soledad de Juan Preciado, el único "vivo". Juan "vive" la soledad de estar vivo en un pueblo de muertos solos.

En Macondo, ¿quién no está solo? Verdad es que el rencor no es el único camino hacia la soledad (11), pero, sin duda, es el más recurrente en esta novela. De todos los rencores, el del coronel Aureliano Buendía es el más vívido y lacerante. No sólo lo siente hacia la vida por haberle robado a la mujer primera, sino, también, hacia el mal gobierno que lo impulsó a 32 levantamientos y jamás cumplió con la pensión pactada. También siente rencor por la fama y, desde luego, por la muerte que no llega en el momento deseado. Es lapidaria, pletórica de rencor, su frase: "uno no se muere cuando debe, sino cuando puede" (12). Al rencor del coronel, le sigue, en hondura, el de Amaranta; rencor solamente suavizado en sus últimos momentos. ¡Qué rencor aquél que primero frustra el casamiento de Rebeca con Pietro Crespi, para, después, orillarlo al suicidio con su negativa de aceptarlo como esposo! Similar destino le espera a Gerineldo en el rencor de Amaranta: languidecer hasta morir. No se queda a la zaga Rebeca, que sobrevive encerrada en su casa y en su rencor. Finalmente, Petra Cotes sufre una transformación rencorosa al pasar de la abundancia a la miseria. Macondo tiene como uno de sus signos el rencor. Rencor que florece en la soledad de todos.


5 - Apariciones y presencias.

Una de las cosas que engendra la muerte son los aparecidos. Y, tanto en Comala como en Macondo, la muerte y los aparecidos son las constantes que más los hermanan. No hay necesidad de explayarse para demostrar esta obviedad en ambos pueblos, por lo que mi inquietud la centraré en analizar ¿por qué nos es tan natural a los lectores la presencia de la muerte y los aparecidos en ambas novelas?

Morir, tanto en Pedro Páramo como en Cien Años de soledad, es en realidad un mero accidente de la existencia. Estar muerto no es, ni truncar ni continuar la existencia, sino, más bien, sublimarla. Al morir la gente gana, pues se cumple la promesa eclesiástica de existir en un tiempo y un sitio mejor. El que este sitio sea eterno, terriblemente eterno, no parece molestar a los muertos. Así les fue prometido y, por lo tanto, no hay pena ni engaño en ellos. Ninguno de los aparecidos en las novelas se queja de su estado y, más bien, parecen gozarlo. Algunos, como dije, han ganado con su condición de aparecidos. Como mejor ejemplo está Abundio, el arriero que acompaña a Juan Preciado rumbo a Comala ya que, mientras estuvo vivo era sordo y, en cambio, como muerto escucha perfectamente. Ha pasado de una limitada condición humana, a una ilimitada condición metahumana: el aparecido. Vuelvo a mi pregunta ¿por qué nos son tan naturales los aparecidos tanto de Comala como de Macondo? Porque no son muertos degradados, ni esperpénticos, ni mutilados. Son, por decirlo así, muertos sanos. Esta característica es la que nos permite aceptarlos sin tropiezos durante la narración. Los muertos aparecidos, tanto de Comala como de Macondo, no están para atemorizarnos, ni con su presencia, ni con su aspecto. Están para congraciarnos y hasta para identificarnos con algunas de sus características. Los vemos y sentimos exactamente como recordamos y traemos al presente a nuestros propios muertos. Son eso: nuestros muertos. Seres a los que nos unen sentimientos y recuerdos. Su penar de muertos aparecidos no parece dolerles y, por ende, no nos duele a nosotros. Es más, el sufrimiento no es algo que los agobie. No son esos muertos de los purgatorios católicos: almas penantes entre llamas eternas y aplazado perdón de sus faltas. El purgatorio y, aún, el propio infierno no existen para los habitantes de Comala y Macondo. No hay necesidad de que existan, sus propios pueblos son más que eso. En Macondo la soledad se ahonda hasta ser más desastrosa que la guerra que es, en sí misma, un infierno. Otra manifestación infernal es la naturaleza desbordada de la selva que se traga todo. Por su parte, los muertos de Comala regresan momentáneamente del infierno al pueblo por su cobija, evidenciando con ello que el clima y las condiciones son mejores en el averno que en el propio pueblo.

Tanto en Macondo como en Comala, la muerte es irreal y, por ello, simultánea presencia y ausencia. Contrastan con el Pueblo de mujeres enlutadas y Vetusta donde la muerte es trágica y circunstancial. Independiente de que en Al filo del agua o en La regenta haya muertes, ésta subyace, existe como real, posible y probable; la muerte, de necesitarse, llega y se va. En Comala y Macondo, la muerte, por su permanencia, se troca en inexistencia; más bien, en una existencia de distinta dimensión a la de la vida y la muerte. La gente muere; no así los muertos. Los muertos se quedan a vivir en ambos pueblos. Doble condena de muertos y pueblos. Pueblos vivos tan sólo en sus muertos. Necesidad del pueblo de continuar viviendo hasta que sus muertos dejen de existir; muerte del pueblo que ha de arrastrar a sus propios muertos.

Que el morir no sea, ni penoso, ni doloroso, le proporciona a los pueblos su condición de irrealidad. En Comala, la muerte de Juan Preciado es un acto sencillo: simplemente se le escapa el aliento: "Tuve que sorber el mismo aire que salía de mi boca, deteniéndolo con las manos antes de que se me fuera" (13), dice. No hay drama en su muerte. Lo dramático se encuentra en su viaje frustrado desde siempre, en su intención primera de hallar a un Pedro Páramo que ya había muerto. La muerte de Miguel Páramo, por su parte, produce varias reacciones: por un lado, el avivamiento del rencor en el padre Rentería; por el otro, un sentimiento indefinido en Pedro Páramo, que mira la muerte de su hijo como el inicio de los cobros que le hará la muerte por su vida ruin; finalmente, la muerte produce un asombro morboso en todo el pueblo por ver tendido al único hijo reconocido por el cacique. El único dolor real que provoca la muerte de Miguel Páramo se da en Terencio Lubianes, que afirma: "A mí me dolió mucho ese muerto. Todavía traigo adoloridos los hombros" (14). No existe el dolor por la muerte; quizá porque la muerte no es en la novela una ausencia definitiva.

Por su parte, en Macondo, morir tampoco es un acto, ni penoso, ni doloroso. Aún la matanza de los huelguistas está revestida de esa irrealidad que terminará por convertirla en leyenda, o sea, en algo que no es historia real sino mágica, y en lo mágico no hay dolor. El temerario coronel Aureliano Buendía, contra lo probable, morirá tranquilamente, recargado en ese árbol del patio al cual permanece amarrada el ánima de su padre. Úrsula, por su parte, literalmente se consume sin dolor ni pena, a pesar de su ceguera, mientras que Amaranta, transforma su muerte en un viaje de encuentro con los muertos del pueblo, a quienes les lleva cartas y saludos de sus familiares. No quiero decir con esto que la novela carezca de pasajes en donde la muerte se presente terrible. De ninguna manera. La matanza de los huelguistas y el asesinato de los hijos del coronel, son dos acciones tremendas de muerte, sin embargo, en ambas, la muerte no produce ni más dolor ni más pena que la que produce la vida misma.

Dolor y pena por la muerte que se admite como un mero accidente de la vida, no son los sentimientos que predominan en ninguno de los pueblos.


6 - Colofón.

Como apunté al inicio, Gabriel García Márquez explica las semejanzas entre Cien años de soledad y Pedro Páramo, no como producto de un influjo, sino como resultado de una "coincidencia en el medio". Por mi parte, encuentro entre ambas novelas paralelismos que hablan de influjos, pero, acepto, por supuesto, que la frase "coincidencia en el medio" tenga, en el ánimo de García Márquez, un amplio y, por ello, difuso significado en el que pueda caber cualquier cosa; incluidos, desde luego, los influjos. Admito, por otra parte, que estos influjos podrían no ser conscientes en García Márquez, pero, también, el que esto, en ningún modo, los acalla. No obstante, soy de lo que creen firmemente que la literatura no nace por generación espontánea y que, detrás de las grandes obras siempre existen grandes lectores de buenas lecturas que se recrean en los talentos magníficos, como los de García Márquez y Juan Rulfo. Si fuera el caso, también podrían encontrarse los influjos de alguno, o algunos, escritores en la obra de Rulfo. Por lo tanto, los influjos son la tinta nuestra de todos los días.

Y, desde luego, que en el ambiente latinoamericano están presentes los elementos que nos asemejan (como en el europeo los suyos); de ahí, que nuestra literatura resulte similar en algunos aspectos; como los paisajes rurales, o eso que Carpentier llamó realismo mágico. La propuesta de los escritores latinoamericanos está preñada de su ser constitutivo: el de las tierras y cuitas americanas, vistas por los americanos, y, escribir sobre ello, es la mejor forma de mostrar su existencia. No podría ser de otra manera.

De ahí lo atractivo de enfrentar, entre ellos, a los textos latinoamericanos, por un lado, para destacar las coincidencias que nos muestran nuestra esencia, y, por el otro, para hacer evidentes las diferencias que confirman la pluralidad subyacente a toda identidad continental. Pluralidad real y efectiva como la vida misma de las mujeres y hombres de América.

Realidad literaria que habla de una realidad real. Por ejemplo, encuentro una sutil diferencia, y grandes coincidencias entre Pedro Páramo y el coronel Aureliano Buendía; ambos, caciques frustrados, viviendo en un continente donde no sabemos de caciques frustrados; sino, todo lo contrario. La frustración de Páramo es tan elemental como la del coronel Buendía: sus deseos no se realizan a plenitud, característica ésta de los personajes nos remite a los lectores latinoamericanos a otro cacique, también frustrado al final: Tirano Banderas. Y así, hasta el infinito. Como dije, caciques literarios frustrados en una vasta tierra poblada de abyectos caciques vilmente enriquecidos e impunes. ¿Será que estos caciques literarios representan en realidad a la población y no a unos cuantos privilegiados abusivos? ¿Será que nuestra literatura, vista y estudiada como un todo, nos podría proporcionar alguna clave para mejorar nuestra existencia? No lo sé. No obstante, sé que libros como estos nos explican y, al hacerlo, nos proporcionan un asidero para la identidad; esa inasible cosa que llamamos identidad mexicana, colombiana, argentina, etcétera; identidad que, al final, termina siendo latinoamericana y que, sin precisarla, la reconocemos en textos como Pedro Páramo o Cien años de soledad.

Estoy consciente que al hablar de identidad latinoamericana piso terreno jabonoso. El concepto ha perdido fuerza y, en contraste, ganan brío los nacionalismos literarios mundiales, que se proyectan hacia un universalismo cada vez más dependiente de la mercadotecnia editorial, que del compromiso literario ético y estético. Sin embargo, no puedo dejar de reconocer algo de mi ser continental en personajes como Lucas Lucatero de "Anacleto Morones" (15) o no asombrarme dolorosamente con la historia de La guerra del fin del mundo. Ambos, libros, más que nacionales, continentales. Libros que me permiten tener más elementos para comprenderme como mexicano, sí, pero, también, como latinoamericano.

7 - Notas.

1. García Márquez, Gabriel en Suplemento cultural El gallo ilustrado. El Día, 8 de enero de 1989.
2. Idem.
3. Rulfo, Juan. Pedro Páramo. México; Fondo de Cultura Económica, 1980. (Colección popular 58) 129. p.
4. García Márquez, Gabriel. Cien años de soledad. Buenos Aires; Sudamericana, 1969. 351 p.
5. La intermitencia de los gitanos en Macondo, sobre todo de Melquiades y la llegada de Juan Preciado y el circo a Comala no rompen la cerradura temporal sino que la acentúan al mostrarla. En cuanto a la dinámica de desarrollo de los pueblos, más en Macondo que en Comala la apertura, es decir, el crecimiento de la población por la llegada de personas externas se da con fluidez en la época ascendente del pueblo, pero una vez equilibrada y, sobre todo en su decadencia, la sociedad no crece por asimilación sino por reproducción y las intervenciones del exterior sólo enfatizan su aislamiento temporal.
6. Yáñez, Agustín. Al filo del agua. México; Porrúa, 1969.
7. Alas, Leopoldo. La regenta. Madrid; Alianza editorial, 1972.
8. Por supuesto, el orden biológico es roto producto de una ruptura del orden moral que prohíbe la mezcla de las sangres hermanas.
9. La soberbia de no aceptar lo destinado: el desamor de Susana San Juan, es lo que provoca la ruptura del tiempo.
10. Op. cit., p. 7. Las cursivas son mías.
11. Pietro Crespi llega a soledad a través del amor. Gerineldo también. Úrsula misma.
12. Op. cit., p. 209.
13. Op. cit., p. 61.
14. Op. cit., p. 32.
15. Rulfo, Juan. "Anacleto Morones" en El llano en llamas. México; Fondo de Cultura Económica, 1989, p. 171-190.

Si viene alguien del IFE y les dice que me he mudado, tengan por seguro que miente como un bellaco. Sigo viviendo en Calle Melancolía.


Hola a todos.

Este es mi nuevo y primer espacio en esta cochinada llamada red. Espero que lo visiten seguido para que me comenten lo que crean conveniente -y tal vez hasta para que me la mienten por ser tan imbécil, si es necesario.

Trataremos de hacer algo que nos ayude a ser mejores (en algunas cosas, porque en otras no hay como ser peores) sin perder el buen humor. Siempre que el Diablo lo permita, hablaremos de libros, películas, discos, chistes y todo lo chido que hay en este valle de risas llamado Vida.

¿Y qué si el título habla de melancolía? Ésta es sana y muy nuestra, y nos permite las lágrimas sólo como un acto que nos remueva del automatismo; nunca para promover la conmiseración de los demás hacia nosotros.

Sabina, Silvio, Aute, Serrat, (me faltan unos pocos) Juan Rulfo, García Márquez, Sade, Nietzche, Homero, (me faltan unos muchos) mi familia, mis amistades, mis (des) amores, mis revistas y todo aquello que ha hecho de mí lo que soy, estarán presentes en este blog. Sólo harán falta sus comentarios para que valga la pena estar sentado aquí las horas.

¡Bienvenidos!