sábado, 22 de noviembre de 2008

Sapo verde soy yo


Como he estado algo ocupado, no me había acordado de que el 12 de noviembre este murciélago hablador cumplió su primer año. Tal vez este texto que les presento no sea lo más adecuado para el festejo, pero es una pesadilla que me despertó ayer en la madrugada y, siguiendo la creencia popular de que si lo cuentas no sucede, aproveché que lo tenía muy claro para escribirlo. Tal vez no comprendan por qué le doy tanta importancia; sólo diré que lo tomé como una metáfora de mi vida futura.

No se olviden de felicitar al ánima de Comala.

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Eran luces en el cielo,
era una noche de estrellas.
Era un amigo sonriendo
que me decía: "Son aquellas
constelaciones antiguas
que se inventaron los griegos".

Era cierto; era Pegaso,
era Virgo, era Cefeo.
Y eran extrañas las líneas
uniendo puntos etéreos,
como en un mapa celeste
de una noche, un hemisferio.

Era un blanco parpadeo
iluminando el ambiente.
Y era tan raro. Era fuego,
era noche intermitente.
Era eléctrica y gigante
chispa, y era frío de hielo.

Era ya la madrugada
suplente del cielo espeso,
eran voces familiares
en vez de mi amigo viejo.
Y era entonces que mi calle
se transformó en parque ajeno.

Era sordo el ajetreo
en las calles aledañas.
Era arriba fiero vuelo
de esas ráfagas extrañas,
precipitando en picada
su luz, que ya no era incendio.

Eran, en conjunto, todas,
formación de un carro aéreo,
agitando en su caída
las moléculas del viento.
Y eran las calles barridas
por su brisa al ras del suelo.

Era turbio aquel momento
en que se ahogaron las voces.
Era, en la banca, mi cuerpo
testigo de esas veloces
partículas -ahora globos
de colores, de globero.

Eran, de pronto, estallidos
atropellando al silencio:
Los globos, desmenuzados,
en mis manos eran negros.
Era mi juicio aturdido.
Era un sueño y era miedo.