miércoles, 30 de junio de 2010

Nazareth

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Hace algunos años, un señor que conocí por poco tiempo me platicaba que, para él, la mejor prueba de la existencia de Dios era haber sido padre. Pienso que cuando vemos a nuestros hijos o sobrinos "que se menean con nuestros gestos" (Serrat dixit) no podemos dejar de admirar la magia que encierra ese perpetuarnos en los demás. En muchas ocasiones, tampoco podemos evitar sentirnos orgullosos o ser aprensivos con los que llevan nuestra sangre, aunque si observáramos de cerca cómo practican la paternidad la mayoría de los animales aprenderíamos mucho sobre sentimientos.
Mi hija cumplió quince años y después de varios intentos (desde 2003) por fin le terminé su canción. En ella también se puede vislumbrar la presencia de mi hijo pues, juntos, los tres, hemos forjado una de las más exquisitas historias jamás contadas.
Les comparto la letra.

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PRINCESA


Con todo a mi manera
en tu creación,
princesa de mis días
de primavera,
acaso fueras
clon de este triste dragón.

A quien -de aliento mío-
vida te dio,
princesa de mis días
de sol de estío,
agradecido
siempre me mostraré yo.

Ser madera de marioneta
no es tu meta;
el cordón umbilical
se hizo para alimentar…

de libertad para volar,
para enseñarte a volar.
Para escapar de Neverland
sin que deba morir Peter Pan.

No sueñes sin espinas
tu corazón,
princesa de mis días
de verde brisa;
es tu sonrisa
donde se acuna el amor.

Si hay cosas que se comparten,
como el arte
a quien lo sabe apreciar,
eres luz universal….

de libertad para volar,
para aprenderte volar.
Para inventar que en Wonderland
sin Malicia se puede reinar.

Sé libertad para volar,
para mirarte volar.
Para lograr ser inmortal
es la sangre de la humanidad.

¡Qué le hago! si un eterno
absurdo soy,
princesa de mis días
de dulce invierno.
Veré el infierno
cuando murmures Adiós.


16 de junio de 2010.