viernes, 3 de enero de 2014

LA SED. Una crónica de bar.

"Su texto está más cercano al cuento que a la crónica, la cual introduce los diálogos en el entrelineado de su descripción; falta también una cronología de los hechos. Se toma en cuenta la creatividad con que narra su texto.
CALIFICACIÓN 9 (NUEVE)"
(Ignacio Trejo Fuentes, Instructor del módulo de Crónica del Diplomado en Creación literaria, UV-UAM).

La anécdota es real pero no reuní lo necesario para volverla cuento; resultó un híbrido que no me desagrada tanto. Los detalles son sal y pimienta.


En el reloj de pulsera de Fermín faltaban ocho minutos para que fueran las tres de la tarde; era uno de esos sábados calurosos de abril en la ciudad de Orizaba, Veracruz. Apenas alcanzó a doblar la esquina de Oriente 3 hacia Norte 6 cuando escuchó la voz festiva de César a su espalda.
–¡Qué onda, Fer! ¿Tomo agua o qué?
Un “¡Jajajá!” fue la respuesta de Fermín desde la acera. Y agregó:
–Pues todavía estamos a tiempo para la hora del amigo, ¿no?
–Entonces… nomás deja ver dónde estaciono mi “reuma”.
Eran aquellos gloriosos días en que no existían los parquímetros.
Total que quedaron de reunirse en el bar Kuixin, por ser el más cercano y menos ruidoso de los del centro. Fermín aprovechó los minutos intermedios para hacer una llamada en uno de los teléfonos del parquecito de Cri-cri.
Un par de ingleses no habrían podido ser más puntuales que estos dos amigos que, por una de esas casualidades de la vida, terminaron siendo tres. En el trayecto César se había encontrado con Santitos y, después del habitual saludo, le espetó la típica frase “¿Tomo agua o qué?”, con la que lo había convencido de refrescarse la garganta junto con ellos.
–¿Qué van a tomar? –inquirió la mesera, apenas vio que sus potenciales clientes ocupaban una de las mesas junto a la pared.
–Cerveza –respondió en tono de broma César, con la discreta complacencia de los otros dos.
–Sí, pero ¡¿de cuáles?!
–No se enoje –concilió Fermín–. Le puede hacer daño. A mí tráigame una Victoria bien fría.
César coincidió en gusto con Fermín y Santitos se pidió una Corona. Iban a la mitad de esa primera cerveza cuando la mujer que los atendía les trajo el caldo correspondiente. Los que han entrado en ese sitio sabrán que hay una botana diferente por cada día de la semana y, para evitar malos entendidos, hasta las tienen apuntadas en la pared. (El difunto “Cuchillo”, que sabía latín, me ilustró alguna vez con que lo que dan en los bares no son botanas pues éstas deberían ser exclusivamente de vegetales. En fin.)
A las tres con quince minutos, más o menos, Santitos pidió la segunda chichiktzin, como se acostumbra decirle en náhuatl a la cerveza, por su sabor. Mas, luego que acabó de ordenarla se golpeó la frente con la palma de la mano y se le salió un infrecuente “¡Chiiingao!”.
–¿Y ahora qué, Santitos? –preguntó Fermín.
–Se me olvidó ir a la papelería para lo que me encargó mi hijo.
–Pero ahorita vas y lo compras, ¿no?
Lo cierto es que los sábados casi todos los establecimientos de la Pluviosilla cierran a las dos o, por muy tarde, a las tres, por tanto la imagen del desencanto en la cara de Santitos estaba más que justificada.
–Tranquilo –terció César–. ¿Ya qué puedes hacer?
–Pues nada, realmente. Tendré que regresar el lunes a comprar.
–Pero… eso no quita la sed, Santitos –remató César.
Y después de una carcajada bastante estruendosa, los tres cofrades hicieron chocar sus botellas y exclamaron “¡Salud!”. Festejar las ocurrencias de César era algo habitual e inevitable. La única que no compartía esa alegría era la empleada que, llegada de nuevo al borde de la mesa, botó ante estos escandalosos parroquianos sendos platitos de plástico con dos empanadas de papa. El exceso de grasa de las fritangas no fue de importancia para ellos que no tenían empacho en mostrar el abultado abdomen característico de una vida sedentaria.
A la mitad de la tercera cerveza Santitos y César se quedaron mirando con extrañeza a Fermín que, después de haber dado un sorbo a su bebida, fijó la mirada en la etiqueta de la botella y sonrió para sí. Sin levantar la vista, y adivinando las preguntas que sus compañeros tenían para él, explicó que el lunes próximo debía entregar unas enciclopedias que le habían encargado en una escuela de la sierra. El día anterior había hecho el pedido a la editorial y prometió depositar el dinero, sin falta, el sábado por la mañana.
–Y qué. ¡Se te olvidó! –adivinó Santitos.
–Sí, canijo.
–¿Ya no llegas al banco?
–No. Voy a tener que hacer el depósito el lunes y recibir el material hasta el martes. Pero ya quedé mal con los maestros de aquella escuela.
–Mira. Lo importante es que estamos bien –intervino César–. Ya el lunes resolverás cualquier asunto pendiente.
Fermín, como dije antes, sonreía resignado, pero la sonoridad de las carcajadas volvió a inundar las paredes del pequeño bar cuando César esgrimió su “Eso no quita la sed”.
La alegre convivencia siguió su curso, entre comentarios sobre el estado del tiempo, el muy probable fin de la inmortalidad del cangrejo, el costo de la vida, la portada del número actual de la revista TVyNovelas, la chica más guapa del barrio, la importancia de la geometría no euclidiana y demás. Las risas, no faltaron, como tampoco las cervezas ni más botanas ni la cara furibunda de la mesera. Mucho menos podía faltar el festejo por la frase del día creada esa tarde.
El calor y la ansiedad que ésta conlleva habían disminuido un poco, lo que hizo a Fermín echar una mirada a su reloj. Fue en ese momento que entró en el bar un joven bolero; se detuvo medio metro delante del marco de la puerta y preguntó a los clientes:
–¿Es de alguno de ustedes un vochito blanco con placas de Puebla, que estaba aquí a la vuelta?
Después de una pausa agregó:
–Se lo acaba de llevar la grúa.
“¡No mamen!” fue la expresión de César en el momento de levantarse de su silla y encaminarse a toda prisa hacia la salida. Se regresó a la mitad de la estancia para poner un billete de cincuenta pesos sobre la mesa.
–Voy a la delegación por mi carro –dijo con un tono serio –. Luego nos vemos.
A punto de salir fue detenido por la voz de Fermín:
–¡César! Pero que no se te olvide.
Con el cuerpo a medias entre la puerta escuchó la frase a coro:
–¡Eso no quita la sed!
La mesera, junto a la rockola, no pudo contenerse y se unió a las carcajadas de Santitos y Fermín. César salió por completo intentando azotar la puerta, lo cual no consiguió ya que las puertas de algunos bares, como la del “Kuixin”, se abren y se cierran al estilo de un abanico.
Todavía Santitos dijo a Fermín con toda la picardía de que era capaz:
–Creo que eso le dio más sed.

Osman López Tlehuactle

1 comentario:

  1. Imposible no identificarse. Que sigan esas crónicas alcohólicas. Att. Jaime. R. H.

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